Una mañana soleada dijo: “Hoy es el día. Por fin voy a poder sembrar estas semillas”. Las había recolectado unos meses antes cuando decidió descubrir el bosque que se veía desde su ventana.
La primera, la encontró por casualidad en un lugar sombrío del bosque donde, aunque había llegado solo y el día estaba tranquilo, escuchaba el barullo de las hojas, como en una tormenta. Tratando de entender si eran sus pasos sobre las hojas, miró al piso y encontró esa pepita café y redonda. Pensó que era una piedra por toda la tierra que la cubría, pero al ponerla sobre su palma, vio que bajo la marca que sus dedos habían dejado, brillaba, y se la guardó.
Así empezó a recorrer los senderos, y abrirse unos propios poniendo atención también al piso sobre el cual caminaba y siguió encontrando esas rarezas del bosque.
La quinta, la encontró en el extremo tropical del bosque donde las hojas son majestuosamente verdes y grandes para dejar correr el agua de la lluvia de una en una hasta unirse a la dinámica del río.
Precisamente ahí, donde la musicalidad de sus pensamientos cantaban al son de las piedras al chocar, encontró, el mismo día, a la tercera y a la cuarta. Las dos habían recorrido un largo camino, cada una de un lado del río, hasta encontrarse frente a frente en las orillas.
La tercera había caído al río días antes, cerca de sus fuentes, en la montaña, lo siguió, chocando con algunas piedras, retos que había logrado conquistar sin dificultades, hasta colarse en ese espacio tranquilo y soleado donde parecía esperar, a veces vacilando por la corriente, el momento adecuado para saltar a la siguiente piedra.
La cuarta, en cambio, venía de ese lugar del bosque donde la vida es cíclica, donde hay temperaturas extremas y todo muere para volver a nacer.
La segunda también venía de ese lugar del bosque pero lo había abandonado más temprano. Siguió el mismo camino hasta instalarse en el claro del bosque desde donde se podía ver el valle a los pies de la colina, ahí donde, en medio del silencio, se puede soñar y descubrir el mundo.
Ahí mismo, en ese preciso claro del bosque había estado desde siempre la sexta, solo que a esa la encontró al descubrir de nuevo ese lugar fascinante.
La séptima le cayó en la cabeza cuando pasaba debajo de un árbol como si después de haber pasado mucho tiempo de espectador sobre una rama, hubiera decidido formar parte de su experimento.
A la octava la vio bajando de la montaña. Parecía escaparse traviesamente, como en un juego. Rodaba y cuando parecía que la iba a alcanzar, tomaba más velocidad, y cuando por fin se detenía y él se acercaba para guardarla, no la encontraba, se escondía en medio de las piedras o de las hojas.
A la última la encontró cuando regresaba del extremo oriental del bosque. Había recorrido ese largo tramo, y regresaba decepcionado pues no encontró una semilla que fuera lo suficientemente exótica como para recogerla. Buscaba una de forma rara, o de un color muy llamativo. Pero el último día, antes de dejar atrás el bosque, se sentó a descansar a la sombra de un árbol y tratando de escuchar el silencio una última vez, levantó una hoja del piso. Ahí estaba la última, exótica a su manera, parecía haberse escondido.
* * * * *
Tenía pensado plantarlas en el mismo orden en el que las había encontrado, pero un día, de tanto esperar el perfecto, pensó que era el indicado: el sol brillaba aunque unas pequeñas nubes vacilaban en acercarse. Las sembró, pero, como solía pasar, ahí, en la mitad del mundo, el clima cambió bruscamente en un par de horas, y una tormenta cayó. Por miedo de que su tesoro se deshaga sacó las semillas de la tierra y se las guardo en el bolsillo, ya no en las bolsitas que había hecho para cada una y pensó que si las había encontrado por casualidad, quizás el plantarlas en orden aleatorio haría que las plantas que nacieran de ellas serían aún más hermosas.
Había encontrado el lugar perfecto en su patio; el sol las iba a calentar durante las mañanas y las tardes pero estarían cubiertas del sol de medio día, el rocío y el agua de lluvia que caía del techo las iba a alimentar, pero estarían cubiertas de los aguaceros de abril. Así que esa mañana, después de tener una noche casi tan tranquila como los momentos que vivió en el bosque, sacó las semillas del pequeño vaso en el que las había guardado y las plató en desorden.
Espero varias semanas hasta poder ver que unos pequeños puntos verdes aparecían en esa tierra fértil. Poco a poco vio como cada una se desarrollaba. Cada una con su belleza particular. Unas empezaron por mostrar sus hojas muy cerca del piso, mientras otras prefirieron estirarse.
Dentro de poco tiempo se dio cuenta que, aunque eran extremadamente diferentes y si las hubiera visto por separado jamás hubiera pensado en juntarlas en un mismo jardín, crearon una armonía única. Cada una aportaba con sus hojas, sus flores y sus ramas, su color, su textura. Era como si cada una hubiera tomado la forma indicada para darle sombra a aquella que no soportaba mucha luz, para absorber el agua que iba a ahogar a su vecina, para hacerse a un lado y permitir que la que más calor necesitaba se asolee. Era definitivamente el jardín más hermoso que había visto. Ni en fotos, ni en palacios, ni en laberintos, ni en el mismo bosque había encontrado esa complementariedad.
Sin embargo después de algún tiempo pensó en separarlas para que cada una se desarrolle al máximo en su lado del jardín, cerca de otras plantas. Quería ver si tanto cuidado las había vuelto suficientemente fuertes para embellecer el resto del jardín.
Transplantó a la mayoría, pero dejó a dos en el sitio en el que las había plantado pues no encontró un lugar mejor para ellas, otras dos fueron a parar a la parte baja del jardín, el resto fue a la parte alta. Dos estaban cerca de riachuelo, otra estaba cerca de una división del mismo pero más alto y otra a la misma altura pero más cerca del amanecer y la última es la que mas lejos estaba, como libre, cerca del atardecer. Todas reaccionaron de forma diferente los primeros días. Unas se integraron a su nuevo ambiente, a sus vecinas, aunque no siempre era fácil cuando éstas estaban en sus macetas. Unas se marchitaron, otras se secaron, otras solo siguieron desarrollándose como lo habían hecho hasta ese momento.
Pero, no mucho más tarde, en uno de sus paseos por el jardín, se percató de que todas crecían, se desarrollaban, florecían. Y pensó en volverlas a juntar, en el mismo lugar que la primera vez, aunque agrandó un poco el espacio, porque con la magnitud que cada una había adquirido decidió darle, asimismo, a cada una, su propio espacio. Y es que no sabía si iban a poder crecer juntas. Sus costumbres y necesidades se habían transformado.
Con esa duda se fue a dormir. La mañana siguiente volvió. Parecía que todas se habían movido para nuevamente cubrir del viento a la que menos soportaba el frío o resaltar la hermosura de la que parecía esconderse. Aunque habían cambiado en ese tiempo de separación y aunque ya no ocupaban los mismos lugares que la primera vez, empezaban a juntarse de nuevo en su singularidad armoniosa, en su armonía singular.
Les quiero, les extraño, extraño nuestro cosmos.